La seducción, el cortejo, el ligue… parece que son cosas que se hacen “al principio”, cuando encontramos a alguien que nos gusta y queremos “conquistarle”. Pero muchas relaciones no se apagan por falta de amor… sino por falta de seducción.
La seducción es ese juego, ese baile (muchas veces sin palabras), en el que muestro mi mejor versión para hacerte sentir visto, valioso, importante.
Y claro, surge más fácil en los inicios, donde quiero despertar tu deseo mostrando el mío… Porque el deseo emerge en esta interacción lúdica.
Pero justamente, cuando tenemos esa visión de “conquista” aparece una meta: que yo te guste, follar, ser pareja…
Ahí es más fácil que suceda a través de una performance y no desde la autenticidad (aún algo… “decorada”). Además, conseguida la meta, la seducción carece de sentido.
¿Qué sucede después? Puede aparecer una sensación de extrañeza porque no eres quien parecías ser.
Y si no sigue presente el resto del tiempo, es fácil que, en efecto, el deseo deje de surgir.
Porque ya no me siento deseada. Ya no me siento valiosa. Ya no me siento importante para ti. Por mucho que “en mi cabeza”, sepa que lo soy…
La seducción no necesita grandes proezas ni artificios. Necesita ser disfrutada por sí misma. Seducir también es preguntar, escuchar, tocar, reír… y seguir teniendo curiosidad por la otra persona.


