Píldoras sexológicas

Manos de pareja

«El amor no duele»… ¿O sí?

No tiene por qué doler (mucho), pero es fácil que en cierta medida lo haga. La preguntas es, ¿Cómo manejamos eso para que siga siendo un lugar donde merece la pena estar?

A raíz de una necesaria crítica a los llamados “mitos del amor romántico” (la media naranja, el amor todo lo puede, en el amor hay sufrimiento, es amor si hay celos…) se han popularizado ciertas ideas como “si duele, no es amor” o conceptos como “amor tóxico”.

Aunque sin duda esta concepción sacrificial del amor (darlo todo por la otra persona, poner el “amor” por encima de todo) en muchas ocasiones predisponía a situaciones muy dolorosas de las que era difícil salir, vivir las relaciones desde el “lado opuesto” conlleva también una serie de consecuencias.

La consecuencia más importante, para mí, es la aparición de expectativas irreales (“no debe lastimar”…) que tienen su origen en negar parte de la naturaleza del amor erótico (aquel que acostumbra a darse en la pareja, a raíz del enamoramiento…). Y es que, en efecto, este amor puede doler, y a veces mucho.

Por mucho que nos empeñemos, no podemos elegir a quién deseamos o de quién nos enamoramos (aunque sin duda podemos elegir alimentar o no ese vínculo y esos sentires). Y en toda relación existen una serie de diferencias (biográficas, de percepción, de hábitos, de gustos…) que generarán tensiones.

Y, la verdad, amar y vivirse en pareja no siempre es fácil, cómodo o bonito. Aquí es para mí donde viene el problema: podemos pensar que si está doliendo, hay incompatibilidades o no siempre nos entendemos, algo está mal. Que algo está mal en mí, en tí o en nuestro amor. Y aquí la frustración puede magnificarse y puede aparecer mucha culpa.

Me pregunto, ¿queriendo acabar con estos “mitos” del amor romántico, hemos vuelto a romantizar el amor? Como si fuese un lugar donde las cosas son siempre fluidas, agradables, ilusionantes. Un lugar utópico que tan solo puede definirse por lo “positivo” y deseable.

Pero si algo tienen el amor o el deseo es que suponen una gran afectación de una persona sobre la otra. Atrevernos a amar implica correr el riesgo de mostrarnos, exponernos, vulnerarnos. Habrá momentos donde podamos salir muy dañados. Pero otros tantos donde nos angustiamos, nos confundamos, tengamos dudas… y eso también duele.

Lo habitual es que, a mayor afectación -es decir, cuánto más “grande” o intenso es ese amor- más margen hay tanto para dañarnos, como para gratificarnos, para vivir momentos de placer y alegría. Es fácil que quien potencialmente puede hacernos más felices, también puede dañarnos más.

Desde luego no se trata de resignarse a los sufrimientos que pueden aparecer, pero -creo- tampoco de negar que es algo que puede suceder y que eso tiene sentido. El punto está a mi parecer en cómo abordamos conjuntamente la cuestión para que esos daños sean lo más manejables posible, sabiendo que desaparecer, no van a desaparecer.

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